El día que vimos a la muerte, eran tumbas de los criminales.

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#La prisa nos traicionó y nos encontramos con la muerte.

Mi nombre es Ramón y les voy a contar un horrible suceso, que no se me olvida para nada.

Todavía siento en mis narices ese espantoso olor a muerte y pudrición.

CLINIC PROPA 1 - El día que vimos a la muerte, eran tumbas de los criminales.

He preguntado a mis amigos si todavía sufren lo mismo que yo y me doy cuenta que no estoy solo en mi traumático y viscoso encuentro.

Les aseguro que desde ese día mi estómago no deja de dar saltos, parece un conejo asustadizo que salta y se retuerce cada vez que mi olfato detecta un mínimo olor a descomposición, mi recuerdos se convierte en vómito.

Puede ser desde un pan francés que lleva un día en la mesa hasta el zumbido infernal de las nauseabundas moscas.

Sí, mis amigos, todo y menos me provoca vómitos. cuando eso pasa mi estómago se convierte en un furioso volcán y en segundos expulso una lava de comida y líquidos agrios.

Por mi garganta pasa el vómito caliente, violento, amargo. Cada vez que eso sucede, me convierto en una catástrofe mal oliente.

Ese día, cuatro estudiantes universitarios caminábamos presurosos en medio de las veredas de un cantón de San Miguel.

Esa tarde corríamos. Debíamos llegar a nuestra universidad en la ciudad de San Miguel. En unos minutos teníamos un difícil examen de psicología y no había tiempo que perder.

* * *

El almuerzo fue un gran banquete de campo, al mejor estilo de mis abuelos migueleños.

Comimos de todo: sopa de gallina india, arroz frito, frijoles molidos, cuajada, queso duro, crema, chile chiltepe, tortillas tostadas, en fin, una comilona de respeto.

Después del banquete, los abuelos nos tenían unas hamacas en el patio de la gran casa de adobe.

El sueño llegó y nos quedamos profundamente dormidos. De repente el grito de Oscar: ¡Ey, el examen, el examen!. ¡Despierten cabrones!

En segundos, saltamos de nuestras hamacas. Buscamos nuestras mochilas. Nos despedimos de mis abuelos y salimos en estampida rumbo a la carretera donde tomaríamos el bus.

Así de simple. Correr unos 500 metros por la calle de tierra y salirle al paso al bus, esperar unos minutos y llegar hasta nuestro examen. Así de simple, sin demora, sin complicaciones.

* * *

Comenzamos a correr los cuatro y escuchamos que el bus venía pitando. Un campesino que cargaba zacate nos salió al paso y nos dijo que tomáramos la vereda del río y que así lograríamos llegar a tiempo para tomar el bus.

“¿Dónde, por dónde entramos a la vereda?”, preguntamos y el agricultor nos señaló con su cuma un camino angosto. Sin pensarlo lo tomamos.

Como mis compañeros no conocían, me puse adelante en la carrera; mientras tanto el bus seguía pitando.

De repente, en medio de la vereda comenzamos a sentir un fuerte olor a muerte. Parecía un animal muerto, pero era más apestoso y amargo. Sentía que el hedor entraba por mi boca, un sabor amargo, horrible.

Seguimos corriendo y el camino se volvía más estrecho y oscuro. La vegetación cubría todo, arriba y a los lados. “¡Corré… corré”, me gritaron mis amigos y decidimos acelerar el paso.

Nuestros gritos espantaron a unas pajarracos negros y fantasmales. Son varios zopilotes que salen volando en todas direcciones y uno de ellos choca conmigo.

Entramos a una zona de un fuerte zumbido y comienzo a tropezar en unas ramas. Pateo lodo y tierra removida. El Lodo es viscoso y apestoso. Me deslizo y caigo en el fango.

Roberto, Javier y Oscar vienen detrás de mí y todos caemos uno a uno.

Al principio estallamos en gritos y carcajadas. Todos nos estamos burlando de todos. Nos damos cuenta que nos hemos llenado de ese lodo oscuro y mal oliente.

Cómo si despertásemos de un sueño, nos damos cuenta que estamos en un mal lugar.

Roberto me dice: ¡Mirate Ramón, mirate. Tenés lodo hasta en la cara… jajajaja. Te voy a tomar una foto para el Face… jajaja… Perate Ramón, que no es lodo…es sangre podrida. Jueputa Ramón, dónde estamos?”, pregunta desesperado Roberto.

“Ey, esa rama. ¡Puta, no es rama! Es la mano de un muerto”, gritó Javier exaltado.

“¡Hemos caído en una tumba, Dios mío… Mírense ustedes, también están llenos de lodo de muerto en la cara, guácala, guácala!”, gritaba Oscar antes de comenzar a vomitar a chorro.

La escena era un caos, Oscar vomitó primero y, por instinto, comenzamos a vomitar todos.

Bastaba con vernos las manos, nuestras camisas y pantalones embadurnados del fétido lodo de muerto para expulsar el banquete de mis abuelos a toda presión.

Las abejas que escuchamos zumbar no eran tales si no cientos y cientos de “moscarrones” azules y verdes que hacían del cuerpo mutilado una colonia para vivir, poner huevos y comer.

“¿En dónde putas nos metimos Ramón?… ¡Por la gran mil putas! ¿Dónde estamos?”, grita y grita Roberto, quien parece que se está enloqueciendo y se agarra los pelos de la cabeza.

De todos yo soy el que menos habla. El remolino que sale de mi estómago no me deja terminar las palabras, estoy tirado en el suelo y apenas intento pararme vuelvo a caer.

Jamás me había sentido así. No tengo tiempo ni de pensar, el vómito me roba las palabras. El fuerte chorro me sale por la boca y por la nariz.

Creo que me desmayo y todo se oscurece a mi alrededor, mientras escucho a mis compañeros que me ultrajan, me gritan y me jalonean de las manos.

Ese caos nos hace que terminemos llenándonos más del lodo de muerto. Fue terrible y sigue siéndolo cada día.

***
Ahora entiendo que entramos a una zona infectada de pandilleros que huyen de la policía, los fugitivos tienen campamentos clandestinos en esa zona y ahora entiendo que en cada lugar donde llega un pandillero, automáticamente llega la muerte y la locura.

El cadáver despedazado que pateamos, era de un jornalero que vió donde tenían los campamentos. Por esa razón lo mataron de una forma horrible.

Si alguien hubiera avisado antes a la policía a lo mejor este crimen no habría sucedido.

Han pasado varios meses desde ese fatídico día. A partir de esa fecha, no hemos regresado a ver a mis abuelos, ya no hemos comido los banquetes de cantón, ni visitas cortas a la familia. Todo cambia cuando esos delincuentes llegan a un lugar. Ya nada es igual cuando esa peste llega a un pueblo.

En ese cantón, ya no hay libertad para caminar, ya ni se puede llevar amigos a las casas. Uno se convierte en prisionero de su propia casa.

Esto no está bien, que unos pocos desgraciados atemoricen a millones de salvadoreños que trabajan de sol a sol.

Ya no puedo seguir contando más detalles, prefiero ya no escarbar en mi traumáticos recuerdos.
Tomado de Periódico Digital Cronio.

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